Hace un par de semanas Marisol Menéndez y María González Picatoste del equipo de Bilakatu participaron en un capítulo del podcast de TejeRedes. Durante la conversación –que se puede escuchar y ver íntegramente aquí– charlaron sobre complejidad, sobre la toma de decisiones cuando hay pocas certezas, el liderazgo necesario para navegar aguas revueltas y la importancia de los ecosistemas de colaboración para promover el aprovechamiento de la inteligencia colectiva en pos de la prosperidad.
En este contexto, Marisol Menéndez, fundadora y CEO de Bilakatu, incidió en la necesidad de abandonar la idea de “egosistema” si queremos crear verdaderos ecosistemas de colaboración. “En un mundo marcado por desafíos de gran complejidad, la respuesta aislada de las organizaciones ya no es suficiente; la profundidad y velocidad que exigen los retos actuales requieren combinar el potencial de diversos agentes”, destaca habitualmente Menéndez antes de señalar que el mayor obstáculo para esta evolución no es técnico, sino mental: debemos transitar del «egosistema», basado en el pensamiento de suma cero, al ecosistema, fundamentado en la creación y distribución de valor común.
La base técnica y estratégica de esta reflexión la plasmamos en «Innovación abierta y ecosistemas de innovación», informe que elaboramos junto a Innobasque y donde analizamos cómo la colaboración permite integrar perspectivas diversas y facilitar una comprensión holística del entorno. En este marco conceptual, un ecosistema de innovación se define como un grupo de organizaciones autónomas e individuos cuyas decisiones e inversiones son complementarias, logrando que el valor generado por el sistema sea significativamente mayor que la suma de las partes por separado.
El peso del «egosistema»: el pensamiento de suma cero
El concepto de «egosistema» se manifiesta en lo que los economistas llaman pensamiento de suma cero. Bajo esta lógica, se asume que «si a ellos les va bien, a nosotros nos va mal», creando un clima de «o ellos o nosotros». Este enfoque individualista no solo es destructivo, sino que puede llevar a las sociedades a bloquear cambios beneficiosos por la mera sospecha de que el valor generado no se distribuirá de forma equitativa o que otros poseen información privilegiada.
Para trascender este estado, es imperativo incorporar lo común a la ecuación, transformando la competencia cerrada en un proceso distribuido de innovación basado en flujos de conocimiento gestionados de manera deliberada.

Es necesario abandonar la idea de “egosistema” si queremos crear verdaderos ecosistemas de colaboración
Lecciones de la naturaleza: más allá de la competencia
En una conversación reciente con Patricia Ramos, asesora senior de Patentes e Innovación en Pons IP, la experta nos comentó que en una charla con otros profesionales usó la palabra “ecosistema” y una persona se le acercó a decirle que pensaba que estábamos usando la palabra ecosistema mal porque “en un ecosistema de la naturaleza unos se comen a otros”. Patricia pensó que sí, que eso ocurre habitualmente, pero que también hay otras relaciones habituales en la naturaleza como la simbiosis.
Y sí, Patricia tiene razón: la naturaleza ofrece un modelo ejemplar para entender el cambio de mentalidad que estamos proponiendo, ya que un ecosistema biológico no se define únicamente por sus componentes vivos e inertes, sino sobre todo por las interacciones que ocurren entre ellos.
Aunque la competencia existe cuando los recursos son limitados, la vida prospera gracias a las relaciones de mutualismo y simbiosis, donde especies diferentes se benefician mutuamente de su unión. Incluso dentro de una misma especie, observamos asociaciones estatales, como las de las abejas, donde individuos jerarquizados se reparten el trabajo para funcionar como un solo organismo eficiente que garantiza la supervivencia del grupo.
En el ámbito de la innovación, esto se traduce en la creación de redes de organizaciones autónomas cuyas decisiones e inversiones son complementarias, logrando que el valor del sistema completo sea mayor que la suma de las partes por separado.

La prosperidad de un ecosistema depende de su capacidad para generar espacios de confianza.
El ecosistema de innovación: un sistema mayor que la suma de sus partes
Un verdadero ecosistema de innovación se define como un grupo de organizaciones autónomas cuyas decisiones e inversiones son complementarias, logrando que el valor del sistema sea mayor que la suma de las partes por separado. Para que este ecosistema sea próspero, debe cumplir tres pilares: autonomía, ya que cada actor debe ser capaz de capturar suficiente valor para ser sostenible; complementariedad, dado que las aportaciones de los miembros deben potenciarse entre sí; y confianza, que es la «argamasa social» que permite crear espacios seguros para explorar tensiones y valores compartidos.
Claves para la sostenibilidad: incorporar «lo común» a la ecuación
Para que estos ecosistemas de innovación sean sostenibles a largo plazo, la gobernanza debe centrarse en la creación y distribución de nuevo valor con una visión a largo plazo. Esto requiere que los agentes abandonen el miedo al progreso ajeno y entiendan que el éxito propio depende de la robustez del sistema, lo cual se logra mediante una gobernanza transparente que desincentive la desconfianza. Cuando un promotor de ecosistema distribuye el valor de forma generosa, atrae a más «complementadores», fortaleciendo la arquitectura modular del sistema.
Porque, en definitiva, la prosperidad de un ecosistema depende de su capacidad para generar espacios de confianza y lenguajes comunes donde se puedan explorar tensiones y valores compartidos. Al integrar ideas externas y compartir recursos de forma intencionada, las organizaciones superan sus fronteras físicas y culturales, adoptando una estrategia de efectuación que les permite aprovechar las sorpresas del entorno como oportunidades de innovación.
Solo mediante este compromiso con el beneficio mutuo y la colaboración estratégica se logra la resiliencia y adaptabilidad necesarias para navegar los retos y crisis actuales. En conclusión, el paso del egosistema al ecosistema no es solo una elección estratégica, sino el único camino posible para generar resultados positivos sostenibles que trasciendan el interés de un único agente y fortalezcan el bienestar de todo el entorno.

